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Las Voces de la Imaginación
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Las Voces de la Imaginación Por Mónica Lavín Presentación de Las Voces de la Imaginación Mitos Grecorromanos y Los Mejores Cuentos de los Hermanos Grimm I y II de la colección de Cds del FINO-Proyecto Cuéntalee, julio 2008. Arrullar, arropar, transportar, elevar, hacer imaginar. Los ingredientes para que esto suceda son sencillos: una voz y una historia. El vehículo para que ese feliz encuentro de lo efímero, de lo que atestiguamos a través de las historias que escuchamos y de los narradores que hacen esto posible, se repita y ocurra una y otra vez a capricho es el CD, la pista sonora, el Ipod, o cualquiera que vaya a ser la presentación de audio a medida que pasa el tiempo. La sencillez es aparente, detrás del acto de contar historias y de que nosotros podamos escucharlas está la historia de la humanidad, la socialización de los hombres alrededor del fuego que Prometeo osó robar, los hombres, mujeres y niños de todos los tiempos, sea en el fogón de las posadas, en los atrios de las iglesias, en las escaleras de los templos. Los cuentos, los mitos, las fábulas han forjado explicaciones de los orígenes, han contenido los miedos, han extendido la sabiduría obtenida por la experiencia. La narración es la forma más antigua de conocimiento y de comunicación. Y también es el reconocimiento ancestral del poder de la imaginación. Pero una historia, sea cual sea y con el propósito que fuera concebida está hecha de palabras. Las palabras que sintetizan los anhelos y terrores, las fisuras de la condición humana y sus elevaciones. Tan pronto es la envidia de las hermanastras de Cenicienta, como la bondad de la chica, o la astucia del gato con botas, o la inocencia de Caperucita. Y las palabras encuentran su origen en mitos griegos o romanos, como aquel Narciso y Eco que de ser personajes se volvieron flores, actitudes, resonancias sonoras. Qué placer el de las historias que estando en el sitio en que estemos, no importa si es un salón de clases, la recámara, la buhardilla, una celda, la cama del hospital, una estación de tren, en cualquier lugar del mundo nos arrancan con su poder de construir un mundo ficticio y nos llevan a otras latitudes y climas, a bosques y castillos, a playas y rocas, a cuevas, bosques y ríos y nos olvidamos de nuestro pellejo y condición para ser otros un rato y ser los mismos, reconocer en aquellos emociones y situaciones que hemos experimentado: el deseo, los celos, la avaricia, el hambre, el peligro. Y así, después del viaje al que nos ha llevado la palabra, volver al sitio donde estábamos reconfortados o halagados, entintados de humor o descansados, con la respiración alterada o con la alegría depositada. Tan sencilla la palabra y la voz y tan poderosa. Lo sabemos de quien despliega sus dotes de oratoria en el gobierno, en la iglesia, en los medios, y sin embargo ese poder está acotado, sólo resulta misterioso y denota su magia en el terreno de lo ficticio, cuando se nos invita a realidades paralelas, a experiencias que no hemos tenido a través del arte antiguo del cuento: Un personaje o varios, una acción, un tiempo y un espacio. La voz es el instrumento humano por excelencia. Aunque podamos palmear, tronar los dedos, hacer chasquidos, gruñidos a lo McFerrin, cuando la voz con sus modulaciones y su carga de sentido, su capacidad de ser suave o enérgica, lenta o veloz, engolada o adelgazada toma por asalto la palabra, el encanto es ineludible. No dudo que la varita mágica de tantos cuentos de hadas, se refiera en realidad a una voz con una historia que es capaz de hacer frenar el paso al viajero, desviarlo de sus preocupaciones cotidianas, de sus afecciones de salud y de darle un pequeño viaje por los médanos de la narrativa de todos los tiempos. Nos congrega la celebración de tres nuevos volúmenes de “Las voces de la imaginación” (que no podía llamarse de mejor manera). Si un texto posee una voz, si un escritor es una voz, esas voces anónimas o de autor, se reproducen a través de la voz viva del narrador oral. Uno de los volúmenes reúne cuentos clásicos infantiles, el otro los cuentos que los hermanos Grima tuvieron a bien recopilar de la tradición oral, y Mitos grecorromanos para niños y niñas. Escuchar estos discos con estas narraciones gratamente musicalizadas, permite convocar la cálida costumbre de escuchar colectivamente; de devolverle la esencia socializadora, de entretenimiento y pertenencia a la narración oral. Si Cervantes tuvo la virtud de recoger la magia de los cuentos colectivos entre las muchas aventuras de la saga de Don Quijote y Sancho Panza, y si el propio Quijote fue leído en voz alta para el gozo de quienes, siendo analfabetos o no poseyendo el libro querían disfrutarlo, porque no hemos de volver a socializar la lectura cuatrocientos años después. Resulta asombroso como el uso de uno de nuestros sentidos, el oído, convida, a través de la imaginación (¿por qué no considerarlo un sentido más?), a los demás: el avellano que creció, las botas del gato, Prometeo encadenado a una roca, entran por la vista; por el tacto el zapato y las telas de los vestidos de Cenicienta, el olfato nos trae el olor de los bosques o los guisos que convocan al lobo y el gusto se regodea en las galletas y la carne de los niños que desea el lobo. Sencilla la fórmula: la voz y la historia, el CD su vehículo. El resto lo pone uno: un oído atento, una actitud serena. Y ya está: a viajar con la imaginación.
Escuchar Cuentos Por Mónica Lavín Presentación de Las Voces de la Imaginación Al rescate del Cuento de la colección de Cds del Foro Internacional de Narración Oral FINO-Proyecto Cuéntalee, julio 2007 La palabra hablada, los cuentos narrados, me colocan en un ritual antiguo, en el placer original de participar del imaginario colectivo. Por vía del espectáculo o por el disco que recoge la experiencia de la oralidad, me es devuelto ese acto ancestral de quienes se sentaban en corro, frente al fuego, en la hoguera de la casa, en familia, entre amigos, para abandonarse al placer de las historias que los relajaban, los entretenían, los remitían a referentes comunes, les brindaban explicaciones, los hacían reir. El cuentero y su magia. El cuentero y su valiosa presencia en la comunidad para que quienes lo escucharan sucumbieran al poder de la palabra, para que con la voz, la entonación, el sentido y ritmo de aquellas frases, cada uno y todos juntos pudieran construir un mundo de imágenes, de emociones en las cuales solazarse. Historias que recogían la memoria colectiva que ya habían sido escuchadas o que eran paladeadas por primera vez. Un mundo era fabulado por el narrador o simplemente entre quienes se reunían para compartir sus anécdotas e historias escuchadas, recogidas en el camino. Placer al que de cuando en cuando, en ciertas reuniones podemos de nuevo abandonarnos. Compartir historias. Asomarnos a lo inesperado, lo ambiguo de nuestra materia y circunstancia, asombrarnos por el mundo. Nombrarlo. Contar historias, saberlo hacer, salvó la vida de Scherezada y las futuras mujeres del sultán. Contar historias salvó a una estirpe de mujeres. Las historias que cada noche desgranaba habilidosa la hija del visir para que el sultán no se desquitara con ella de las infidelidades de su mujer, para que ella y todas las que seguirían no pagaran el precio de ese desacato, mantenían el interés del sultán, el deseo de saber qué seguía. Lo que técnicamente el esctitor inglés Forster ha llamado “el efecto Scherezada”, que consiste en atizar el deseo en el lector (o escucha) de conocer el desarrollo de la historia. Las preguntas ¿y qué más?, ¿qué pasó después? como cuerdas de interés para salvarnos la vida. Todos somos seguidores de Scherezada (llevamos dentro un sultán sediento de historias), mujer culta, diestra con la palabra, que en mil y una noches sedujo el imaginario del rey y la corte, que apeló al antiguo deseo de que nos duerman con cuentos, de que alguien añada a nuestra existencia limitada y mortal, una dimensión que la ensanche. Las historias que leemos o escuchamos enriquecen nuestra experiencia de vida cargándola de otras vidas. Las mil y una noches fue el magno legado de varias culturas de aquellas historias que corrían deshilvanadas entre viajeros, caminos, palacios, conquistas, a las cuáles el personaje Scherezada, narradora oral, les diera estructura, sentido y las conservara para siempre. El arte de contar, efímero pero anclado en la palabra, requería de las repeticiones de otros narradores. De la redención del escucha. Ray Bradbury utilizaría en su Farenheit 451 (temperatura a la que se quema el papel) el recurso inverso al asentamiento de las historias orales en papel: para que no desparecieran de la faz del mundo las magnas obras de la literatura, las personas se aprendían de memoria La guerra y la paz, Madame Bovary; perderían sus nombres para llamarse El corazón de las tinieblas, La cartuja de Parma, El conde de Montecristo. Los libros llevarían estuche de piel y la voz por multiplicador. El libro dependería de la vida de un hombre. ¿Y qué hizo Bocaccio en su Decamerón sino proponer el juego de diez jóvenes que se reúnen afuera de Florencia para olvidarse de la peste y que para pasar el tiempo cuentan una historia por tema propuesto. Serán diez temas, diez historias por cada tema: un centenar de historias recogidas de la oralidad, empacadas en el acto de escucharlas y de comentar al final de ellas. La literatura ha impreso ese mundo de la experiencia momentánea, de la memoria individual, como lo hace Miguel de Cervantes en la primera novela de habla hispana, El Quijote, donde las historias que recoge el hidalgo acompañado de su escudero, van engarzándose con las aventuras, enriqueciendo la historia primero y deteniendo para siempre las virtudes del que cuenta y el que escucha como vínculo pasajero y necesario, imprescindible, aliado de la sed humana de degustar la palabra y los vuelos que en la imaginación permite. Por ello devolver a los habitantes del siglo XXI la posibilidad de compartir el imaginario colectivo es una tarea que se aplaude y que sólo un grupo de entusiastas disfrutadores de historias, propagadores de las mismas, amantes de la palabra y su provocación podrían conseguir. Subrayo que en el centro del gusto por escuchar historias y la posibilidad de hacerlo está la palabra. El vehículo cargado de sentido y sonoridad por el que viaja nuestra sensibilidad y nuestro intelecto para que se cumpla el conjuro de la narración: transportarnos a otro lado, circunstancia. Arrebatarnos de nosotros y nuestro entorno para que viajemos, como sucede con los cuentos recogidos en el CD Las voces de la imaginación, al rescate del cuento, y tan pronto estemos en una barca de papel como la hormiga Clorinda Linda con destino al Caribe, para que observemos la luna y distingamos al conejo que plantó allí Quetzalcóatl, o al coyote que aúlla en noches de luna llena porque reconoce a ese otro coyote engañado por el tlacuache, astuto como ninguno, o tal vez tan astuto como el caminante de La sopa de piedra, cuento delicioso (como la sopa que finalmente se preparará) por cuanto el embaucador logra salirse con la suya con un engaño; o estar frente a ese árbol de mango donde hasta la muerte se queda pegada o ese pellejo de un caballo en tiempos de la Revolución al que no hay manera de rellenarlo y ponerlo de pie nuevamente porque era pura sangre su contenido. Caballos, hormigas, pulgones bembones, coyotes hambrientos, tlacuaches sagaces, conejos generosos: noches, mares, bosques, praderas desfilan por nuestros oídos recreándonos una galería de imágenes y sensaciones, de alegrías y sinsabores, de explicaciones y mundos mágicos, míticos que produce la palabra y la virtud de la voz. Repeticiones, inflexiones, alargamientos, velocidades, volúmenes, son algunos de los recursos que Sara Rojo, Rubén Corbett, Pedro Flores y Armando Trejo despliegan en este mosaicos de cuentos y estilos de contar. Tan pronto la leyenda que nació de la necesidad de los diversas culturas de explicarse aquellos fenómenos de la naturaleza que les provocaban curiosidad o el cuento de autor que se regodea en la versatilidad del lenguaje como sucede con Clorinda de Francisco de la Lama. Voces e historias, en un pacto de complicidad respetuosa y engrandecedora, nos ofrecen ese viaje de la palabra, ese gusto renovado por las historias escuchadas, compartidas. Una forma sin duda de identidad, una manera también de provocar el apetito lector. Hay que agradecer al grupo de narradores que sumen al espectáculo de la narración, al instante vivo, su permanencia, porque asentado en un disco es posible dar alas al deseo de escuchar. Un acto sin duda percudido ante la afición por la imagen. Este disco devuelve para mí aquellas mañanas de infancia en que en el tocadiscos de casa, escuchábamos mi hermana y yo los cuentos que producía la voz de Melissa Sierra. He olvidado muchas cosas, pero no la historia de la niña de nieve que se derrite por el calor, no el nombre de esa mujer que aparecía en la portada con su peinado antiguo, no el placer de escuchar al conejo de Alicia decir Me voy, me voy, se me hace tarde hoy. La voz nos hacía imaginar, vivir el cuento una y otra vez. Esos momentos de placer dejaron en mí un apetito por los cuentos y una devoción por la palabra. Ahora en Las voces de la imaginación, la experiencia compartida en familia, está allí otra vez. Enhorabuena.
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